La prepotencia del ser humano puede llegar a ser bastante irritante a menudo. Cruzarte en la vida con esa clase de gente que no conocen la humildad, que todo lo creen hacer perfecto, que se adoran así mismos y que no practican lo que viene a ser la autocrítica esporádica, puede ser extenuante. Tal vez lo que buscaba el autor al crear al protagonista de este libro fue caracterizarlo con una personalidad arrolladora, pero como todo en la vida, el exceso de creerse superior juega en contra del personaje, quien acaba resultando odioso. Reza el refranero que "más vale pecar por exceso que quedarse corto" (¿dice eso un refrán o me lo inventé?) pero personalmente a mí, este detectivucho me cargó hasta límite insospechados.
El libro es uno de los precursores de la novela negra de detectives que cuando se escribió, en 1930, era de los primeros que tocaba el tema y después ha derivado en un clásico, pero que honestamente, no ha soportado el paso del tiempo y ya se le ve bizarro. De una lectura de unas 190 páginas, hasta la página 70 no se descubre el meollo del asunto y el por qué de tantas vueltas a un asunto, en principio, absurdo. Un supuesto regalo de los Cuzados de la Orden de Malta al rey Carlos V ahora no recuerdo en qué siglo en forma de un halcón bañado en oro se convierte en objeto de deseo de un coleccionista de mala reputación y al encargar a mafiosos de la consecución del mismo, como en toda novela un incauto detective y una ingenua dama son sus contrapuntos y los que deben lograr parar a los malos.
¡Pues si en la eterna lucha entre el Bien y el Mal debo posicionarme, con lo aburridos y moralistas que suelen ser los buenos, me inclinaría más por los malos! ¿Me convierte esto en una mala persona? No es eso algo que me quite el sueño, sino el hecho de que, en consonancia con el objetivo de este blog (que no es el de hacer de crítico literario que guíe a quien lo lea por la senda de los libros que merezcan la pena, sino desahogarme periodísticamente y llevar un control de todo lo que me leo) continúo en el peregrinaje de ahondar en mi mala suerte y aún peor ojo a la hora de elegir lectura. No sería este 'El halcón maltés' algo que recomendaría leer a nadie, ni a mi peor enemig@, bueno a esa persona seguramente sí, pero como por suerte no me he cruzado en toda mi vida (seguro que todavía) con nadie a quien pueda otorgarle ese título, ni siquiera puedo desear ese mal, ¡¡¡lástima!!!


